Si te estás haciendo preguntas como: ¿Y si no soy lo suficientemente bueno como Coach? ¿Y sí no doy buenos resultados a mis clientes?, es porque el síndrome del impostor te está atacando sin darte cuenta. Sin embargo, aquí te mostraré cómo superarlo fácilmente.
Imagina esto:
“son las 3 de la madrugada y no puedo dormir”.
Mañana tengo mi primera sesión con un cliente potencial y mi mente no para de torturarme con las mismas preguntas:
“¿Y si se da cuenta de que no sé lo que estoy haciendo?” “¿Y si me hace una pregunta que no sé responder?” “¿Quién soy yo para ayudar a alguien cuando yo mismo tengo tantos problemas por resolver?”
Si se te ha revuelto el estómago por este tipo de preguntas, déjame decirte que es normal cuando estás empezando. Incluso es sano al principio.
El problema llega cuando esto se perpetúa en el tiempo y no te deja avanzar, ni confiar en ti.
Yo sufrí también del síndrome del impostor y solo el tomar consciencia de ello me ayudó a darme cuenta de mi propio poder como Coach.
Recuerdo perfectamente el primer contacto que tuve con un cliente que buscó mis servicios de Coaching Ontológico.
Concreté con este la primera sesión de exploración, pero en lugar de estar emocionada, estaba aterrorizada porque tenía que ponerle un precio a mis servicios e iba a ser mi primera vez cobrando.
Casi no podía dormir porque no me sentía segura de si podía darle resultados a esta persona, tenía un montón de preguntas en mi cabeza: ¿será que le gustaré como Coach? ¿Le podré dar resultados como los que busca? ¿Verá que estoy nerviosa? ¿Y si me quedo sin preguntas?
El miedo se apoderó tanto de mí, que estuve a punto de cancelar esa primera sesión y aplazarla para luego.
Estaba pensando en la excusa perfecta, sin embargo, recordé algo que había dicho mi mentora durante el curso: “El síndrome del impostor no es evidencia de que no sirves para esto. Es evidencia de que te importa hacerlo bien.”
El síndrome del impostor es la sensación interna de que tú eres un fraude. Son esos pensamientos de que no mereces el éxito por haber invertido tanto de ti estudiando y por no tener suficiente práctica profesional aún.
Es pensar que estás engañando a las personas haciéndoles creer que sabes más de lo que realmente sabes.
Pero en el coaching, este síndrome se intensifica por razones muy específicas:
No estás vendiendo un producto que puedes tocar. Estás ofreciendo un proceso, una experiencia, un acompañamiento. Y eso puede sentirse… etéreo.
Además, estás haciendo que esa persona que es tu cliente se comprometa consigo, cuando el cumplirse a sí mismo es una de las tareas más difíciles para casi todos los seres humanos
Cada cliente es diferente, cada situación es única. No existe un manual que diga: “Si el cliente dice X, tú respondes Y”.
Esto puede hacerte sentir como si estuvieras improvisando constantemente, lo cual puede crear inseguridad si basas tus sesiones en la teoría y los pasos que aprendiste en tu certificación.
Con el tiempo vas aprendiendo que es más importante poner todo tu corazón en la otra persona, escucharla con atención, pero sin dejarte llevar por su historia que seguir un paso a paso impuesto por la escuela de Coaches.
Tus clientes llegan a ti en momentos difíciles, buscando respuestas que ni ellos mismos conocen.
La responsabilidad se siente enorme y si no te sientes preparado/a aún para ser un soporte emocional neutral, esto te puede abrumar demasiado.
Ves a otros Coaches con años de experiencia, cientos de testimonios, libros publicados… y te comparas con tu carpeta vacía de casos de éxito, lo que te lleva a minimizarte como profesional.
Esto te crea estrés y frustración porque te ves muy lejos de ese ideal.
Durante mis primeros meses como Coach, el síndrome del impostor se convirtió en esa voz constante en mi cabeza que me atormentaba y detenía mi avance. Algunas de esas creencias limitantes que me susurraba eran:
La verdad: nadie nace con experiencia.
Todos los Coaches exitosos que admiras tuvieron su primer cliente alguna vez. Tu falta de experiencia no te descalifica; simplemente significa que estás en el punto de partida, como todos estuvimos un día.
La verdad: estás viendo su versión pública pulida, no sus noches de insomnio o sus primeros tropiezos.
Además, no se trata de ser mejor que otros, sino de ser la opción correcta para tus clientes específicos.
La verdad: los mejores Coaches no son personas que nunca han tenido problemas, sino personas que han navegado a través de ellos.
Tu humanidad es tu fortaleza, no tu debilidad.
La verdad: el fracaso es parte del aprendizaje. Incluso los Coaches más experimentados tienen clientes con los que no logran la conexión perfecta.
Eso no los convierte en fraudes.
La verdad: tu trabajo no es tener todas las respuestas.
Tu trabajo es hacer las preguntas correctas para que tu cliente encuentre sus respuestas.
Tres meses después de comenzar como Coach, tuve una sesión con una clienta llamada Andrea. Estaba pasando por una crisis profesional: odiaba su trabajo, pero tenía terror de dejarlo.
A mitad de la sesión, me hizo una pregunta que me paralizó: ¿Tú qué harías en mi lugar?
Mi primera reacción fue de pánico. El síndrome del impostor me gritaba: ¡No sabes qué decirle! ¡Se va a dar cuenta de que no tienes idea!
Pero en lugar de inventar una respuesta, hice algo que cambió todo: fui honesta.
“Andrea, no puedo decirte qué haría yo porque no soy tú. Pero puedo ayudarte a explorar qué es lo que tú realmente quieres hacer. ¿Te parece si exploramos juntas cuáles son tus valores más profundos, tus prioridades y cómo se alinean con tus opciones actuales?”
Su respuesta me sorprendió: Exacto, eso es lo que necesitaba. No necesito que me digas qué hacer, necesito que me ayudes a descubrirlo.
En ese momento entendí algo fundamental: mi valor como Coach no estaba en tener todas las respuestas, sino en hacer el espacio para que mis clientes encontraran las suyas.
Esperé dos años para empezar a cobrar por coaching porque no me sentía “lista”. Fue un error.
La verdad es que nunca te vas a sentir 100% listo como Coach. El síndrome del impostor se deriva de tus creencias limitantes, y una de las más grandes es creer que necesitas ser perfecto para empezar.
En lugar de pensar: Cuando sepa más, empezaré a cobrar…
Piensa: Voy a empezar ahora y aprenderé en el camino.
Tus mejores maestros son tus propios clientes, cada persona es un mundo diferente y cada cliente te enseña algo nuevo. ¡Ábrete a aprender de ellos!
Al principio, mi definición de éxito era: “Transformar completamente la vida de cada cliente en pocas sesiones”.
Esa definición me estaba presionando.
Mi nueva definición: “Crear un espacio seguro donde mi cliente pueda explorar, reflexionar y tomar decisiones conscientes sobre su vida.”
Mucho más alcanzable y curiosamente, mucho más poderosa.
Empecé a llevar un “diario de impacto” donde anotaba cada pequeño avance de mis clientes:
Al final del mes, cuando el síndrome del impostor atacaba, releía estas notas. Era evidencia tangible de que sí estaba ayudando.
Ser principiante no es algo de lo que avergonzarse. Los principiantes tienen ventajas que los expertos a veces pierden:
Cuando el síndrome del impostor ataca, regreso a mí por qué:
No me convertí en Coach para ser perfecta, ni para saberlo todo. Me convertí en Coach porque creo profundamente que cada persona tiene las respuestas dentro de sí misma, solo necesita el espacio y las preguntas correctas para encontrarlas.
De esa manera yo le ayudo a ver opciones que antes no veía y con eso gana tranquilidad y poder sobre su vida.
¿Cuál es tu por qué? ¡Escríbelo!
Ponlo en tu escritorio. Léelo cada vez que la duda aparezca.
Después de seis meses luchando contra el síndrome del impostor, decidí tratarme como trataría a cualquiera de mis clientes. Me senté frente al espejo y tuve esta conversación:
Yo Coach: ¿Qué es lo que más te asusta de ser Coach?
Yo cliente: “Que mis clientes se den cuenta de que no sé lo que estoy haciendo.”
Yo Coach: ¿Y qué significa saber lo que estás haciendo’ para ti?
Yo cliente: “Tener todas las respuestas, nunca dudar, poder solucionar cualquier problema…”
Yo Coach: ¿Conoces a algún ser humano que cumpla esa descripción?
Yo cliente: “No…”
Yo Coach: Entonces estás tratando de ser algo que no existe. ¿Qué pasaría si en lugar de tratar de ser perfecta, te enfocaras en ser auténtica y útil?
Esa conversación cambió mi perspectiva. Dejé de tratar de ser la Coach perfecta y empecé a ser la Coach auténtica.
Seis meses después de nuestra primera sesión, Andrea (mi clienta que me hizo la pregunta que me paralizó) me escribió una carta. Con su permiso, quiero compartir un fragmento:
“Cuando empezamos a trabajar juntas, yo estaba buscando a alguien que me dijera qué hacer con mi vida. Lo que encontré fue algo mucho mejor: alguien que creyó en mi capacidad de encontrar mis propias respuestas.
Tu humildad y honestidad fueron lo que más me ayudó. No pretendías tener todas las respuestas, y eso me dio permiso para no tenerlas yo tampoco. Me diste el espacio para explorar sin juicio.
Hoy tengo mi propio negocio y soy más feliz de lo que he sido en años. No porque me dijeras qué hacer, sino porque me acompañaste mientras yo descubría qué quería hacer”.
Esa carta llegó justo en un momento donde el síndrome del impostor estaba atacando fuerte. Fue el recordatorio que necesitaba de que mi valor no estaba en ser perfecta, sino en ser real.
Aquí viene la parte que tal vez no quieras escuchar: el síndrome del impostor nunca desaparece completamente.
Después de trece años como coach, después de cientos de clientes satisfechos, después de ver transformaciones increíbles… todavía hay días donde la vocecita aparece. La diferencia es que ahora sé reconocerla y responderle.
Cuando susurra “No eres suficientemente buena”, yo respondo: Tal vez no soy perfecta, pero soy lo suficientemente buena para ayudar a esta persona hoy.
Cuando dice “Vas a fallar”, yo respondo: Tal vez cometa errores, pero voy a aparecer con intención genuina de ayudar.
Cuando grita “¡Eres un fraude!”, yo respondo: Los fraudes no se preocupan tanto por ayudar a otros. Mi preocupación es evidencia de mi integridad.
Quiero que sepas algo que ojalá alguien me hubiera dicho en esos primeros días de terror:
Tu valor como coach no está en tu perfección. Está en tu humanidad.
No está en tener todas las respuestas. Está en hacer las preguntas correctas.
No está en nunca dudar. Está en seguir apareciendo a pesar de las dudas.
No está en ser mejor que otros Coaches. Está en ser la opción correcta para tus clientes específicos.
El mundo no necesita otro Coach perfecto (porque no existen).
El mundo necesita Coaches auténticos, vulnerables, reales como tú. Coaches que han traspasado sus propias tormentas y pueden acompañar a otros en las suyas.
Mi querido Coach te doy permiso para:
✓ No tener todas las respuestas
✓ Cometer errores y aprender de ellos
✓ Sentirte nervioso antes de las sesiones
✓ Ser vulnerable con tus clientes cuando sea apropiado
✓ Decir “no sé, pero exploremos juntos”
✓ Ser un Coach en proceso, no un producto terminado
✓ Empezar antes de sentirte completamente listo
✓ Confiar en que tu imperfección es parte de tu autenticidad.
Si llegaste hasta aquí, si reconociste tu propia historia en estas palabras, quiero hacerte una invitación:
El mundo ya tiene suficientes “expertos” inalcanzables. Lo que necesita son Coaches reales, auténticos, vulnerables. Coaches que entienden la lucha porque la han vivido.
Tu síndrome del impostor no es evidencia de que no sirves para esto. Es evidencia de que tu corazón está en el lugar correcto.
Ahora deja de leer y ve a ayudar a alguien. Porque hay personas ahí afuera que necesitan exactamente lo que tú tienes para ofrecer: no perfección, sino presencia auténtica y genuina.
Y eso, mi querido colega Coach, es más que suficiente.
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Así puedes ayudar a otro Coach a superar su miedo al síndrome del impostor.
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